“¡Para que no haya más reyes ni tonterías!”
Nunca le había oído hablar sobre eso. Sobre aquellos años. Mamá me contó
que una vez a un compañero suyo, era teniente de artillería, le volaron la
cabeza y él se lanzó entre los proyectiles a recuperarla. No sé si lo logró.
Se casaron en el 40. Ella tenía 19 años. Él pasó por Francia, volvió a
España para buscarla, cruzó la frontera comiendo una cebolla con pan, estuvo
condenado. Ya fallecidos los dos mi hermano mayor me contó que una vez papá,
con voz falsa, voz de derrota, le contó que para reintegrarse como maestro tuvo
que hacerse de Falange: “Es como un socialismo con curas”, dice que le dijo.
Gracias al abuelo pudo conseguir un puesto en Guinea. Allí, aseguraba mi
madre, fueron felices.
Cuando volvimos, se le quedó un rostro triste. Un día llevé un disco de
Pete Seeger con canciones del frente, primero se emocionó, luego me dijo que lo
pusiera bajo. Otro día, ya enfermo, ya muerto el dictador, mi tía abuela,
franquista, comentó que total para qué hacer una guerra si nada cambiaba nunca,
gente baja y gente fina.
“¡Para que no haya más reyes ni tonterías!”
En las primeras elecciones tras su muerte acompañé a mamá a las urnas.
Cuando le pregunté por qué votaba a ese partido, me miró como si fuera tonto:
“Es lo que hubiera votado él”. Nunca cambió.