viernes, 4 de diciembre de 2015

Renacimiento




     Primero quemó el diagnóstico, piadosas cenizas. Luego la resonancia, que al contacto con el encendedor adquirió los rasgos informes de un riñón desecado. Después bebió. Después deshojó los libros de su biblioteca que recordaba haber leído. Después bebió. Después comenzó a leer los que no conocía.

    Pasaron noches y días. El teléfono dejó de sonar. A veces abandonaba la casa, ahíta de páginas volanderas, para ir a bares, y despertaba en su cama, tumefacto. Quizá le pegaban, o pegaba. La sangre, no mucha, fluía hasta coagularse. Después bebía. Después leía.

    Una mañana, tras memorizar algunas líneas, dejó de beber.

    Consideradas las causas del mal, se dictaminó que si el enfermo quería sanar y restablecerse, debía hacer lo siguiente: primero, deshacerse de toda su indumentaria y cambiarla por otra distinta.
    Sacó todo el dinero que le quedaba. Era mucho. Compró ropa blanca. Compró ropa negra.

    En segundo lugar, debía mudarse de alojamiento.
     No se molestó en recoger nada. Metió la ropa nueva en una bolsa, salió y cerró con llave. Después, mientras caminaba junto al río, tiró las llaves a la corriente. Subió a un tren; tuvo un sueño sosegado en un vagón vacío.

     Luego tenía que cambiar de oficio.
     No recordaba bien si tenía oficio. Vagabundeó.

     Por último, cambiar también de nombre.
    ¿Qué era un nombre? Alguien lo contemplaba desde un espejo.

    Cumplidas estas instrucciones al pie de la letra, acompañándolas del ritual correspondiente, la misteriosa enfermedad desaparecía al cabo de pocos días.
    Ritual. Fue a la biblioteca pública, buscó en un diccionario. Ritual. Sin saber muy bien por qué, compró una navaja. Recorriendo el parque a medianoche, vio a un viejo tirado sobre un banco, cubierto con cartones, periódicos, cacas de ardilla. Olía a vino. Se le ocurrió clavarle la navaja. Pero no lo hizo. La clavó en un arce. Arce. Se acercó al hombre y apretó su cuello con firmeza hasta que dejó de respirar. Se le daba bien, ni siquiera llegó a gemir. Continuó el paseo. Después bebió.

     Cuando despertó, se sentía lleno de vitalidad. Tenía hambre.
   Decidió comer en un restaurante fluvial. Fluvial. Tendría que mirar en el diccionario, tantas palabras desconocidas fluyendo. Mientras comía aquel pescado baboso, algo duro le rompió un diente. Una llave. La contempló, y por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo. Estrangulamiento; oficio; tantas palabras fluviales. Una gota de sangre manchó su camisa blanca. Aquella desazón creció al entrever rasgos familiares en su vaso. Empañó con vaho el cristal. Los rasgos murieron.

     Enterró la llave bajo un castaño. Castaño.
     Después bebió. Poco. Olía a nenúfares. Nenúfares.
     Ya no le pegaban. Quizá pegaba.


   Ninguna sombra circundaba ahora sus pasos, ni siquiera los entorpecía cuando el sol del atardecer, oblicuo, le acariciaba la espalda, la camisa alba, la tranquila nuca bien regada por su tranquilo corazón.





viernes, 24 de abril de 2015

Linaje de las hojas (Antología "Universidad Complutense: País de poetas")


                                                                          Do come to Dunsinane"
                                                                                                                                           Macbeth

El exilio ha sosegado nuestro talante.
Descalzos abandonamos el día,
temerosos de pisar su limpio rostro.


"Partirás”, musitó la noche,

cuando el bosque y la ribera  se confundan”.
Nadie supo
si las invasiones
al ritmo del oleaje acompasadas
silentes quimeras traerían,
ávida gorgona
o cenicienta hueste.
El ojo y la sien desgracia latían.
Inconscientes,
ignorando a nuestra espalda los susurros
de las ménades por septiembre conjuradas,
sobre las dunas leíamos efímeros sortilegios,
contemplábamos insomnes
la huella creciente del salitre en la arena.
Cabe los robles,
sigiloso,
el presagiado enemigo danzaba con el viento.



Tan lejano y familiar aquel tiempo.

Medusa encenagada, murmullo
de las silvas: "moraste donde nosotras,
donde habitamos habitaste".
Absortos por la vida lenta del coral,
nada resta del antiguo dolor,
el verbo y la expiación
en fotosíntesis transfigurados.


Mecidos por la marea,

apenas si recordamos
aquellas sombras
que otoño
arruga en nuestras casas.


Nota: El presente poema (enésima reelaboración de un antiguo texto homónimo) ha sido incluido en la 1ª Antología Universidad Complutense: El País de los poetas, presentada en el Paraninfo de la Universidad Complutense el pasado 23 de abril, dentro de la Semana de las Letras. Dado que no pude asistir al acto ni a la correspondiente lectura de poemas, quisiera agradecer aquí a José Manuel Lucía Megías, director de la Semana, la U. Complutense, la Facultad de Filología y Poessible, impulsores del proyecto, mi inclusión en el libro junto a alumnos, profesores y otros miembros de la plataforma Escritores Complutenses. 





sábado, 28 de febrero de 2015

Truco





Sea el rumor airado de las voces, sea 
cada mañana el vértigo, se dijo, 
pero en la culpa hocicar demasiado no es bueno

así que pensó en otras cosas

pensó en un guerrero que prepara fuego para una cabeza
pensó en una ciudad ahíta de banshees y trasgos
pensó en ensalmos

pensó en extrañas formas de vida,
pensó en el cuarzo y en el óxido

pensó en si existía el mal
pensó en si el mal, acaso, habría llegado a lomos de cometa, 
somnoliento bajo el océano 
hasta que un dios indolente lo entregó a los hombres, 
decidió, aturdido, mejor sólo imaginar

imaginó una selva de cristal sobre la que había leído
imaginó una lágrima de obsidiana, un jaguar de obsidiana,
imaginó cervezas frías en bares cálidos
se le velaba la frente

imaginó el velo de Maya
imaginó los perros de la Morrigan

imaginó narvales emergiendo entre hielos árticos

imaginó filos de obsidiana

o quizá pensó que imaginaba.

Tramposo.