lunes, 20 de diciembre de 2010

Barahúnda por Ramón Caamaño




                                                                     “ Porque sueño no estoy loco”  Léolo



                                                                                

     Supongo que todavía lo quería. No es que su rostro denote una pena enorme, o muestre señales de arrobamiento. Madre no era así. Pero su mano se aferra firmemente a la silla del ausente, y los ojos, inalterados por el fogonazo, miran con intensidad al objetivo, más allá del mar, de las tormentas, de los inviernos, lo miran a él para que sepa que lo recuerda, lo miran preguntando francos, sin súplica ni reproche, si la recuerda. Sí, creo que aún lo quería. Sólo después, quizá al año siguiente, quizá apenas apagada la luz de aquella sesión, recostada con cansancio y desidia sobre el telón de ficticias frondas, comenzó a mirar al fotógrafo, y en su rostro vio los rasgos de otros que vendrían. Mientras tanto yo, agazapado en su vientre, inexistente incluso para ella, seguía recordando a mi padre.

     Pues aquel marino lo fue, sin duda ¿Quién si no? ¿O creeréis, acaso, que fui engendrado por el hálito de un viajante? La sangre de mi parto fluye aún junto a la ribera. Desde entonces he caminado, he caminado. Sé distinguir las señales del cielo, las cruces pétreas, los espíritus que habitan el humo del café. Distingo bajo el fragor del deshielo las cópulas de lamias y ahogados. Creo saber. Pero sólo sueño, sueño un relato lejano y familiar. Madrépora de  sal, siseo de algodón en el cuello, murmullo de las medusas: moraste donde nosotras, nunca te atreverás a volver. Sí, creo que, verdaderamente, estuve allí. Creo que no quiero volver. Y sin embargo sólo sueño: sueño en algo que a la deriva flota y me llama. Y en mi sueño creo que no debí nacer.

 
     Rojo de barro como el día primero, persigo la voz de madre pronunciando su nombre desconocido.

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